







En materia de inclusión lingüística soy el más radical: no sólo admiro la belleza del quechua (mi hija lleva un hermoso nombre vernacular, SE 1125) y defiendo el derecho de los quechuahablantes a relacionarse con el Estado en su idioma (SE 1036), sino que además sostengo que debería ser obligatoria la enseñanza del quechua en los colegios –privados y públicos– del país (¡ni Velasco!).
Mientras no se estandarice la enseñanza del quechua, el artículo 48º de la Constitución peruana, que consagra el carácter oficial de esa lengua, no será más que pura retórica (por cierto, es absurdo incluir como oficial también al aimara y “las demás lenguas aborígenes” como si pudiera equipararse el idioma que habla casi el 20% de peruanos y ha tenido una incidencia sustancial en nuestra historia con dialectos selváticos que hablan apenas decenas de personas). Un verdadero bilingüismo español/quechua –al estilo del paraguayo con el guaraní– no sólo generaría inclusión social, sino además dinamismo económico, porque incorporaría plenamente al mercado a los millones de quechuahablantes (ver artículo de portada de esta edición). Por cierto, la política lingüística que propugnaba Sendero Luminoso era eliminar el quechua del país, e imponer el español.
Por ello discrepo frontalmente con el diario Correo en torno a los errores ortográficos de la congresista Hilaria Supa, que únicamente denotan lo que los lingüistas llaman “interferencia”: el uso inconsciente de elementos de la lengua materna (en este caso el quechua) en la práctica de una segunda lengua (castellano). Estigmatizar la interferencia equivale a negar el derecho de los quechuahablantes a desenvolverse en su lengua, incluyendo obtener y ejercer representación política.
Este desacierto le ha valido a Correo una autoritaria y repudiable moción de censura del Congreso de la República, que han aplaudido los defensores del pensamiento único en su variante “políticamente correcta”, exigiendo más censuras a otras instituciones. Pero no hubo contravención a las reglas periodísticas: los apuntes de un congresista, en el hemiciclo, no son parte de su intimidad; son de interés público (como los de los procesados Fujimori y Montesinos en el tribunal que los juzga).
Es un peligro real en las democracias (de todo el mundo) que prolifere esta vocación censora: en Bélgica y España el Parlamento ha censurado al Papa Benedicto XVI por discrepar del reparto de condones en África. Yo, por cierto, considero un despropósito propugnar que los africanos se dediquen a la abstinencia sexual como medida contra el Sida, pero el Papa tiene tanto derecho a reiterar lo que él considera pecaminoso, como lo tiene cualquier rabino de recordar a los judíos que no coman cerdo, aunque eso resulte absurdo para los nutricionistas.
No es, pues, democrático ni progresista invocar la democracia o el progreso para hacer callar a quienes creemos equivocados.
PARA SABER MÁS:
¿Aceptaría Hilaria Supa una invitación a mi Facebook? En Semana Comenta, sección de www.semanaeconomica.com

Gonzalo Zegarra Mulanovich
Director
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